El génesis del Miércoles de Ceniza se sitúa en el siglo II, cuando los cristianos empezaron a prepararse para la Pascua con dos días de ayuno y penitencia, procedimiento que fue extendiéndose a toda la Semana Santa hasta que, en el año 325 (Concilio de Nicea), ya se estableció en 40 días.
Dicha cifra tiene un significado especial para el cristianismo, coincidiendo con los 40 días que Jesús pasó en el desierto, los 40 años en el desierto del pueblo de Israel o los 40 días de ayuno de Moisés en el Sinaí y de Elías en el Horeb.
Como recuerdan desde el Vaticano, al principio, la Cuaresma comenzaba seis domingos antes de la Pascua; pero como los domingos no se ayunaba, en el siglo V se procedió a separar el Jueves y el Viernes Santo del Triduo Pascual para contarlos como Cuaresma.
Más tarde, la Cuaresma se adelantó cuatro días, llegando así al actual Miércoles de Ceniza.
Ayuno y abstinencia
Según la costumbre antigua, en ese día de ayuno y abstinencia, los fieles se acercan al altar antes de la misa para que el sacerdote les marque la señal de la cruz en sus frentes con cenizas, obtenidas tras la quema de los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior.
Después de que su pulgar haya marcado cada frente, el sacerdote entona: "Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás". Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris, un recuerdo sobre la mortalidad en la vida terrenal. "Conviértete y cree en el Evangelio", es otra fórmula que puede emplear el celebrante. Y es que el signo se reconoce que el hombre es nada sin el auxilio de Dios.
Siempre que la salud lo permita, el ayuno es obligatorio para los cristianos de entre 18 y 59 años.
Entre las 6:00 y las 18:00 horas solo se puede beber agua, comer de forma ligera, evitando una de las comidas. Asimismo, durante la Cuaresma queda prohibido el consumo de carne roja en mayores de 14 años.
PENITENCIA
En sus orígenes, el inicio de la Cuaresma marcaba también el comienzo de la penitencia pública de los culpables de delitos graves (apostasía, asesinato, adulterio).
Como recuerdan en Vatican News: "Después de la imposición de la ceniza, recorrían la ciudad vestidos con ropas penitenciales, para recordar la expulsión del Paraíso. Estos penitentes celebraban la reconciliación el Jueves Santo. Hacia finales del año mil, la práctica de la penitencia pública disminuyó, pero se mantuvo la imposición de la ceniza a todos los fieles".
Hoy, la penitencia tiene que ver más con la reflexión que hace cada católico para seguir a Jesús en su preparación para su Pasión y Muerte.
Jornada Mundial del Enfermo: cuidar la unión íntima con el Señor
El Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz de Chiclayo (Perú), comenta las vivencias de la Jornada Mundial del Enfermo que se desarrolla en su diócesis: “somos una red de relaciones de comunión para llevar ese amor de Cristo”.
Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano
Desde Chiclayo, Perú, el sacerdote José Antonio Jacinto Fiestas, Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz, y coordinador de la Jornada Mundial del Enfermo comparte con Radio Vaticana cómo se está viviendo las actividades previas, y lo que significa para su comunidad y toda la Iglesia la invitación del Papa a vivir la compasión con los enfermos.
Escuche la entrevista al Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz en Chiclayo
“Aprovechando el mensaje del Papa de esta Jornada Mundial del Enfermo 2026 que refiriéndose al mesonero que es encargado por el buen samaritano para que atienda a la persona necesitada, en este caso del enfermo, pues nos hace pensar cómo somos una red de relaciones de comunión para llevar ese amor de Cristo”, reflexiona el sacerdote sobre el mensaje de la jornada.
Y resaltando las caracteristicas de los agentes del apostolado de la salud, recomienda que “en primer lugar que cuide su unión íntima con el Señor, corresponder a ese amor y entonces experimentará el saber llegar a ese tesoro de vida a los demás”.
Y recordando el apostolado de Robert Francis Prevost, cuando fue obispos en Perú, menciona “que siempre estuvo muy cercano a todos”, sobre todo en los momentos más difíciles como en los fenómenos naturales o durante la pandemia: “Nos animó a los sacerdotes para no abandonar a los fieles en esas circunstancias y vio como también refiere en su mensaje la solidaridad de tantos y fue también porque estábamos siguiendo al pastor que iba por delante para ayudar a esas personas que la estaban pasando muy mal”.
El padre Jacinto Fiestas, Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz donde se celebra al misa del Jornada Mundial del enfermo este 11 de febrero, espera que los principales frutos sean “en primer lugar la sensibilización, estamos justamente trabajando mucho en estos días de la jornada teológica pastoral, los cuidados paliativos al enfermo, de acompañar a los que se encuentran ya con enfermedades terminales; a propósito incluso de la oración por el Papa del tema de este mes de cuidar a los niños con enfermedades terminales; y en verdad en Perú y en América Latina pues tenemos esa sensibilidad de acompañar al enfermo, de no abandonarlo”.
Me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra Asamblea Presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro Arzobispo y, de corazón, a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, no sólo para tratar asuntos comunes, sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.
Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas; sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que sólo Dios es testigo. Precisamente por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.
El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.
Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.
A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.
Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido —y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio— de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano.
En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo. Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.
Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.
Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra Catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él. Porque las catedrales —como cualquier lugar sagrado— existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.
Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el Misterio, sin usurpar su lugar.
Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera. También el sacerdocio se vive así: estando en el mundo, pero sin ser del mundo (cf. Jn 17,14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia; no como negación de la vida, sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres.
La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. Así está llamada a ser la Iglesia, especialmente para con sus sacerdotes: una casa que acoge, que protege y que no abandona. Y así ha de vivirse la fraternidad presbiteral; como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: ¡resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!
Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los Apóstoles (cf. Ef 2,20). Tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, y custodiado por el Magisterio (cf. 1 Co 11,2; 2 Tm 1,13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre la arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (cf. Mt 7,24-27).
Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales: en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado. En los sacramentos, la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal. Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis.
Junto al espacio central se abren capillas diversas. Cada una tiene su historia, su advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia con los distintos carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir la interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.
Miremos el centro de todo, hijos míos: aquí se revela qué da sentido a lo que hacéis cada día y de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas; en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.
Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, san Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Sermón 57). ¡Sed santos! Os encomiendo a Santa María de la Almudena y, con el corazón lleno de gratitud, os imparto la Bendición Apostólica, que extiendo a cuantos están confiados a vuestro cuidado pastoral.
Vaticano, 28 de enero de 2026. Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia.
¿Te ocurrió algún Milagro desde desde que rezas el Santo Rosario que temes contar para que no te tomen por loco/a?. Si fue así y quieres compartirlo, hazlo en los comentarios para la Gloria de Dios.
A partir de hoy domingo 1 de febrero, emitiremos a las 20:00h de Madrid, un formato de Rosario bastante breve, de tan sólo de 12 minutos. La diferencia del clásico completo, es que éste contará con 4 misterios en vez de 5 y con 1 Ave María por cada Misterio. Espero que siendo tan breve, más personas lo recen cada día y les sirva para crear el hábito diario para para más adelante rezarlo completo que son unos 35 minutos.
Rosas para la Virgen María
Origen del Miércoles de Ceniza
El génesis del Miércoles de Ceniza se sitúa en el siglo II, cuando los cristianos empezaron a prepararse para la Pascua con dos días de ayuno y penitencia, procedimiento que fue extendiéndose a toda la Semana Santa hasta que, en el año 325 (Concilio de Nicea), ya se estableció en 40 días.
Dicha cifra tiene un significado especial para el cristianismo, coincidiendo con los 40 días que Jesús pasó en el desierto, los 40 años en el desierto del pueblo de Israel o los 40 días de ayuno de Moisés en el Sinaí y de Elías en el Horeb.
Como recuerdan desde el Vaticano, al principio, la Cuaresma comenzaba seis domingos antes de la Pascua; pero como los domingos no se ayunaba, en el siglo V se procedió a separar el Jueves y el Viernes Santo del Triduo Pascual para contarlos como Cuaresma.
Más tarde, la Cuaresma se adelantó cuatro días, llegando así al actual Miércoles de Ceniza.
Ayuno y abstinencia
Según la costumbre antigua, en ese día de ayuno y abstinencia, los fieles se acercan al altar antes de la misa para que el sacerdote les marque la señal de la cruz en sus frentes con cenizas, obtenidas tras la quema de los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior.
Después de que su pulgar haya marcado cada frente, el sacerdote entona: "Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás". Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris, un recuerdo sobre la mortalidad en la vida terrenal. "Conviértete y cree en el Evangelio", es otra fórmula que puede emplear el celebrante. Y es que el signo se reconoce que el hombre es nada sin el auxilio de Dios.
Siempre que la salud lo permita, el ayuno es obligatorio para los cristianos de entre 18 y 59 años.
Entre las 6:00 y las 18:00 horas solo se puede beber agua, comer de forma ligera, evitando una de las comidas. Asimismo, durante la Cuaresma queda prohibido el consumo de carne roja en mayores de 14 años.
PENITENCIA
En sus orígenes, el inicio de la Cuaresma marcaba también el comienzo de la penitencia pública de los culpables de delitos graves (apostasía, asesinato, adulterio).
Como recuerdan en Vatican News: "Después de la imposición de la ceniza, recorrían la ciudad vestidos con ropas penitenciales, para recordar la expulsión del Paraíso. Estos penitentes celebraban la reconciliación el Jueves Santo. Hacia finales del año mil, la práctica de la penitencia pública disminuyó, pero se mantuvo la imposición de la ceniza a todos los fieles".
Hoy, la penitencia tiene que ver más con la reflexión que hace cada católico para seguir a Jesús en su preparación para su Pasión y Muerte.
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Rosas para la Virgen María
Jornada Mundial del Enfermo: cuidar la unión íntima con el Señor
El Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz de Chiclayo (Perú), comenta las vivencias de la Jornada Mundial del Enfermo que se desarrolla en su diócesis: “somos una red de relaciones de comunión para llevar ese amor de Cristo”.
Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano
Desde Chiclayo, Perú, el sacerdote José Antonio Jacinto Fiestas, Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz, y coordinador de la Jornada Mundial del Enfermo comparte con Radio Vaticana cómo se está viviendo las actividades previas, y lo que significa para su comunidad y toda la Iglesia la invitación del Papa a vivir la compasión con los enfermos.
Escuche la entrevista al Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz en Chiclayo
“Aprovechando el mensaje del Papa de esta Jornada Mundial del Enfermo 2026 que refiriéndose al mesonero que es encargado por el buen samaritano para que atienda a la persona necesitada, en este caso del enfermo, pues nos hace pensar cómo somos una red de relaciones de comunión para llevar ese amor de Cristo”, reflexiona el sacerdote sobre el mensaje de la jornada.
Y resaltando las caracteristicas de los agentes del apostolado de la salud, recomienda que “en primer lugar que cuide su unión íntima con el Señor, corresponder a ese amor y entonces experimentará el saber llegar a ese tesoro de vida a los demás”.
Y recordando el apostolado de Robert Francis Prevost, cuando fue obispos en Perú, menciona “que siempre estuvo muy cercano a todos”, sobre todo en los momentos más difíciles como en los fenómenos naturales o durante la pandemia: “Nos animó a los sacerdotes para no abandonar a los fieles en esas circunstancias y vio como también refiere en su mensaje la solidaridad de tantos y fue también porque estábamos siguiendo al pastor que iba por delante para ayudar a esas personas que la estaban pasando muy mal”.
El padre Jacinto Fiestas, Rector del Santuario de Nuestra Señora de la Paz donde se celebra al misa del Jornada Mundial del enfermo este 11 de febrero, espera que los principales frutos sean “en primer lugar la sensibilización, estamos justamente trabajando mucho en estos días de la jornada teológica pastoral, los cuidados paliativos al enfermo, de acompañar a los que se encuentran ya con enfermedades terminales; a propósito incluso de la oración por el Papa del tema de este mes de cuidar a los niños con enfermedades terminales; y en verdad en Perú y en América Latina pues tenemos esa sensibilidad de acompañar al enfermo, de no abandonarlo”.
NOTICIA DE VATICANS NEWS
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Rosas para la Virgen María
Queridos hijos:
Me alegra poder dirigiros esta carta con ocasión de vuestra Asamblea Presbiteral y hacerlo desde un sincero deseo de fraternidad y unidad. Agradezco a vuestro Arzobispo y, de corazón, a cada uno de vosotros la disponibilidad para reuniros como presbiterio, no sólo para tratar asuntos comunes, sino para sosteneros mutuamente en la misión que compartís.
Valoro el compromiso con el que vivís y ejercitáis vuestro sacerdocio en parroquias, servicios y realidades muy diversas; sé que muchas veces este ministerio se desarrolla en medio del cansancio, de situaciones complejas y de una entrega silenciosa de la que sólo Dios es testigo. Precisamente por eso deseo que estas palabras os alcancen como un gesto de cercanía y de aliento, y que este encuentro favorezca un clima de escucha sincera, de comunión verdadera y de apertura confiada a la acción del Espíritu Santo, que no deja de obrar en vuestra vida y en vuestra misión.
El tiempo que vive la Iglesia nos invita a detenernos juntos en una reflexión serena y honesta. No tanto para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de urgencias, sino para aprender a leer con hondura el momento que nos toca vivir, reconociendo, a la luz de la fe, los desafíos y también las posibilidades que el Señor abre ante nosotros. En este camino se vuelve cada vez más necesario educar la mirada y ejercitarnos en el discernimiento, de modo que podamos percibir con mayor claridad lo que Dios ya está obrando, muchas veces de forma silenciosa y discreta, en medio de nosotros y de nuestras comunidades.
Esta lectura del presente no puede prescindir del marco cultural y social en el que hoy se vive y se expresa la fe. En muchos ambientes constatamos procesos avanzados de secularización, una creciente polarización en el discurso público y la tendencia a reducir la complejidad de la persona humana, interpretándola desde ideologías o categorías parciales e insuficientes. En este marco, la fe corre el riesgo de ser instrumentalizada, banalizada o relegada al ámbito de lo irrelevante, mientras se afianzan formas de convivencia que prescinden de toda referencia trascendente.
A ello se suma un cambio cultural profundo que no puede ignorarse: la progresiva desaparición de referencias comunes. Durante mucho tiempo, la semilla cristiana encontró una tierra en buena medida preparada, porque el lenguaje moral, las grandes preguntas sobre el sentido de la vida y ciertas nociones fundamentales eran, al menos en parte, compartidos. Hoy ese sustrato común se ha debilitado notablemente. Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos facilitaron la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, en no pocos casos, incluso comprensibles. El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto.
Sin embargo, esta descripción no agota lo que realmente está sucediendo. Estoy convencido —y sé que muchos de vosotros lo percibís en el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio— de que en el corazón de no pocas personas, especialmente de los jóvenes, se abre hoy una inquietud nueva. La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano.
En efecto, las propuestas dominantes, junto con determinadas lecturas hermenéuticas y filosóficas con las que se ha querido interpretar el destino del hombre, lejos de ofrecer una respuesta suficiente, han dejado con frecuencia una mayor sensación de hartazgo y vacío. Precisamente por ello, constatamos que muchas personas comienzan a abrirse a una búsqueda más honesta y auténtica, una búsqueda que, acompañada con paciencia y respeto, las está conduciendo de nuevo al encuentro con Cristo. Esto nos recuerda que para el sacerdote no es momento de repliegue ni de resignación, sino de presencia fiel y de disponibilidad generosa. Todo ello nace del reconocimiento de que la iniciativa es siempre del Señor, que ya está obrando y nos precede con su gracia.
Se va perfilando así qué tipo de sacerdotes necesita Madrid —y la Iglesia entera— en este tiempo. Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino varones configurados con Cristo, capaces de sostener su ministerio desde una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí. No se trata de inventar modelos nuevos ni de redefinir la identidad que hemos recibido, sino de volver a proponer, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico —ser alter Christus—, dejando que sea Él quien configure nuestra vida, unifique nuestro corazón y dé forma a un ministerio vivido desde la intimidad con Dios, la entrega fiel a la Iglesia y el servicio concreto a las personas que nos han sido confiadas.
Queridos hijos, permitidme que hoy os hable del sacerdocio sirviéndome de una imagen que conocéis bien: vuestra Catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él. Porque las catedrales —como cualquier lugar sagrado— existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos, y sus elementos encierran una lección para nuestra vida y ministerio.
Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el Misterio, sin usurpar su lugar.
Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera. También el sacerdocio se vive así: estando en el mundo, pero sin ser del mundo (cf. Jn 17,14). En este cruce se sitúan el celibato, la pobreza y la obediencia; no como negación de la vida, sino como la forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres.
La catedral es también un hogar común, donde todos tienen lugar. Así está llamada a ser la Iglesia, especialmente para con sus sacerdotes: una casa que acoge, que protege y que no abandona. Y así ha de vivirse la fraternidad presbiteral; como la experiencia concreta de saberse en casa, responsables unos de otros, atentos a la vida del hermano y dispuestos a sostenernos mutuamente. Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: ¡resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!
Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto. La Iglesia ha visto en ellas la imagen de los Apóstoles (cf. Ef 2,20). Tampoco la vida sacerdotal se sostiene por sí misma, sino en el testimonio apostólico recibido y transmitido en la Tradición viva de la Iglesia, y custodiado por el Magisterio (cf. 1 Co 11,2; 2 Tm 1,13-14). Cuando el sacerdote permanece anclado en este fundamento, evita edificar sobre la arena de interpretaciones parciales o acentos circunstanciales, y se apoya en la roca firme que lo precede y lo supera (cf. Mt 7,24-27).
Antes de llegar al presbiterio, la catedral nos muestra lugares discretos pero fundamentales: en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado. En los sacramentos, la gracia se revela como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal. Por eso, queridos hijos, celebrad los sacramentos con dignidad y fe, siendo conscientes de que lo que en ellos se produce es la verdadera fuerza que edifica la Iglesia y que son el fin último al que se ordena todo nuestro ministerio. Pero no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el cauce, y que también necesitáis beber de esa agua. Por eso, no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis.
Junto al espacio central se abren capillas diversas. Cada una tiene su historia, su advocación. A pesar de ser distintas en arte y composición, todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto. Así sucede también en la Iglesia con los distintos carismas y espiritualidades mediante los cuales el Señor enriquece y sostiene vuestra vocación. Cada uno recibe una forma particular de expresar la fe y de nutrir la interioridad, pero todos permanecen orientados hacia el mismo centro.
Miremos el centro de todo, hijos míos: aquí se revela qué da sentido a lo que hacéis cada día y de dónde brota vuestro ministerio. En el altar, por vuestras manos, se actualiza el sacrificio de Cristo en la más alta acción confiada a manos humanas; en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido, confiado de nuevo a vuestro cuidado. Sed adoradores, hombres de profunda oración y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo.
Al término de este recorrido, para ser los sacerdotes que la Iglesia necesita hoy, os dejo el mismo consejo de vuestro santo compatriota, san Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo» (Sermón 57). ¡Sed santos! Os encomiendo a Santa María de la Almudena y, con el corazón lleno de gratitud, os imparto la Bendición Apostólica, que extiendo a cuantos están confiados a vuestro cuidado pastoral.
Vaticano, 28 de enero de 2026. Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia.
PAPA LEON XIV.
1 week ago | [YT] | 6
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Rosas para la Virgen María
¿Crees que ser sacerdote y Youtuber es siempre positivo para la Iglesia Católica?
1 week ago | [YT] | 3
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Rosas para la Virgen María
¿Te ocurrió algún Milagro desde desde que rezas el Santo Rosario que temes contar para que no te tomen por loco/a?. Si fue así y quieres compartirlo, hazlo en los comentarios para la Gloria de Dios.
2 weeks ago | [YT] | 6
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Rosas para la Virgen María
A partir de hoy domingo 1 de febrero, emitiremos a las 20:00h de Madrid, un formato de Rosario bastante breve, de tan sólo de 12 minutos. La diferencia del clásico completo, es que éste contará con 4 misterios en vez de 5 y con 1 Ave María por cada Misterio. Espero que siendo tan breve, más personas lo recen cada día y les sirva para crear el hábito diario para para más adelante rezarlo completo que son unos 35 minutos.
2 weeks ago | [YT] | 1
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Rosas para la Virgen María
¿ A la misa de que sacerdote irías la próxima vez?
2 weeks ago | [YT] | 8
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Rosas para la Virgen María
¿Llegaron ya los protestantes a tu vida para que te fueras con ellos?
2 weeks ago | [YT] | 5
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Rosas para la Virgen María
¿Lees cada día la Palabra de Dios?
3 weeks ago | [YT] | 9
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Rosas para la Virgen María
En tu opinión, en cuestiones de fe. ¿Quién suele hacer más daño a un católico/a con sus acciones o palabras?
3 weeks ago | [YT] | 6
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