Nadie sabe de dónde viene el Mensajero.
Solo llega cuando la vida se quiebra lo suficiente como para que entre la luz.
No grita, no exige… solo observa.
Y cuando decide hablar, no te da respuestas:
te devuelve las preguntas que evitaste toda tu vida.
El Mensajero no ilumina el camino.
Ilumina tu sombra.
Y al hacerlo, te obliga a enfrentar la verdad que niegas:
la transformación no nace de la calma, sino del temblor;
no del control, sino del derrumbe;
no de la fuerza, sino del instante exacto en que lo has perdido todo… menos a ti.
Su mensaje es oscuro, pero da paz.
Su presencia no te salva: te despierta.
Porque el Mensajero no viene a mostrar lo que podrías llegar a ser.
Viene a mostrar lo que ya eres, detrás de todas tus máscaras.
Quienes lo escuchan no vuelven a ser los mismos.
No porque él cambie sus vidas,
sino porque les recuerda quiénes eran antes de olvidarse.
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